Un cumpleaños medio tóxico

Un cumpleaños atravesado por quimioterapia, rabia y lucidez.
Un cumpleaños medio tóxico Un cumpleaños medio tóxico

El 17 de enero cumplí 39 años. Jamás pensé que pasaría este hito gestionando los efectos secundarios de una quimioterapia de la que renegué hasta el último minuto.

Desperté con ganas de mandar al mundo a la mierda. Tenía dolores en los huesos —un «regalo» del medicamento que tomo para mitigar otros efectos de la quimio— y una frustración que calaba más hondo que el dolor físico. Mi cerebro, ese planificador obsesivo, me gritaba dónde debería estar: en una playa, con una margarita en la mano, bailando house en un sunset y cerrando la noche rodeada de todos mis amigos y familia.

La realidad fue un checklist mucho más cruel:

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  • Aforo: Limitado. No puedo estar entre multitudes por mis defensas bajas.
  • Invitados: Solo aquellos sin el más mínimo síntoma de resfrío (filtro estricto).
  • Ambiente: Cero radiación UV (mi piel reacciona el triple que la de una persona normal).
  • Actividad: Nada de bailar sin límites; la toxicidad en mis músculos dicta que la fatiga manda.

En una llamada con una de mis mejores amigas, logré el único momento de catarsis real del día: putear al universo. Le solté la pregunta cliché del paciente oncológico: «¿Por qué a mí?». Llevo haciéndome esa pregunta desde el diagnóstico. Y aunque suelo repetirme el mantra estoico de «No sabemos el porqué, solo queda perseverar para encontrar la respuesta», el día de tu cumpleaños esas frases de galleta de la fortuna no sirven. Era una fecha demasiado especial para conformarse con respuestas de manual.

Para no ahogarme en la rabia, decidí hacer mi propio ritual de liberación. Y lo que salió no fue gratitud, fueron estos vómitos mentales contra la industria de la felicidad:

1. La Tiranía del «Good Vibes Only»

Estoy chata de esa ideología «hippie positiva-radical». Cuando pasas por quimioterapia, no lo pasas bien. Lo pasas como las pelotas.

Si no eres un monje tibetano levitando, es imposible no sentir que hay días que son una verdadera mierda. Y de repente, aparece ese coro de voces bienintencionadas diciendo: «Tienes que pensar positivo o no te sanarás», «Todo está en tu cabeza», «Vibra alto». ¿Saben lo que provocan? Culpa. Te hacen sentir que si el cáncer avanza o te sientes mal, es porque «no lo diste todo» mentalmente.

En este cumpleaños, mi regalo fue liberarme de esa culpa. Me di el permiso de mandar a la mierda (mentalmente) a la gente que, queriendo ayudar, me asfixia con su positivismo tóxico. Tengo derecho a sentirme mal. Mi dolor es real, no una falta de «mindset».

2. El «Dios proveerá» no paga las cuentas

La segunda falacia que se derrumbó fue la seguridad económica. Tratar de calmarme pensando que «el universo proveerá» es lindo en teoría, pero brutal en la práctica.

Soy una mujer que aprendió a ahorrar desde niña. Tengo mi colchón financiero. Pero cuando tu licencia médica es menos de un cuarto de tu sueldo real, el golpe de realidad es un cachuchazo. La vulnerabilidad económica se apoderó de mí. Sentí el vértigo de la clase media: darte cuenta de lo fácil que es bajar de escalafón social.

En el mundo de la productividad hablamos mucho de invertir y crecer, pero nadie te prepara para cómo una enfermedad puede ser el camino más rápido hacia la pobreza, sin importar cuánto hayas optimizado tus finanzas.

3. El sarcasmo del «Disfruta la vida» (y la estafa del Mindfulness)

Este es el punto que siento casi como una burla personal. Me llueven los consejos tipo: «Enfócate en el aquí y en el ahora». ¿Me están webiando? Si me enfoco 100% en el «aquí y el ahora», me cuelgo.

El «aquí y el ahora» es, francamente, como las pelotas. El presente no es un regalo; es un recordatorio constante en el espejo y en mi propio cuerpo de que estoy enferma. No necesito «consciencia plena» para saber que me siento mal; eso ya me lo grita cada célula.

Y si nos ponemos analíticos con el famoso mandato de «¡Disfruta la vida!», hagamos un inventario real de mis fuentes de dopamina actuales:

  • Cigarro: Lo dejé abruptamente tras el diagnóstico, después de 24 años de compañía fiel.
  • Alcohol: Adiós a la copa del «cacareo» semanal con amigas.
  • Azúcar: Si antes me cuidaba, ahora veo un pastel y veo a Satanás en persona alimentando a la célula cancerígena.
  • Sexo: Hablemos de lo que nadie habla. El placer se vuelve una carrera de obstáculos cuando uno de los síntomas de la menopausia inducida por el tratamiento es la sequedad vaginal severa.

Entonces, me quitaron los vicios, me quitaron el azúcar y me complicaron la intimidad. Que alguien me explique, sin que suene a ironía cruel, cómo se «disfruta la vida» bajo estas condiciones de austeridad forzada.

El giro de guion: La bendita evasión

Justo cuando la frustración y la toxicidad de mis pensamientos estaban en su punto máximo, la tarde dio un vuelco. Mis amigos y mi familia tomaron el control. Se encargaron de llenar el espacio con risas y recuerdos de juventud, creando una burbuja donde la falta de energía y la amenaza del cáncer de mama simplemente dejaron de ser una realidad.

En medio de tanta medicina y dolor, descubrí el poder curativo de la evasión. No esa evasión cobarde de no querer ver la realidad, sino la pausa necesaria de un buen momento compartido. Fue un recordatorio de que, aunque mi cuerpo esté en guerra, mi historia y mis afectos siguen intactos.

Conclusión: Rendirse un rato para ganar

Al final de este día de furia, me di cuenta de algo importante. Toda esta resistencia, toda esta rabia por lo que he perdido (el dinero, el placer, la salud), nace de un solo lugar: mis ganas desesperadas de vivir.

Quizás la verdadera «evolución personal» no se trata de sonreír mientras te inyectan químicos, ni de fingir que eres un ser de luz que no necesita dinero ni sexo. Quizás evolucionar es tener la valentía de mirar tu realidad destrozada, admitir que duele como el infierno, y aun así, presentarte a la siguiente sesión de quimio.

Este cumpleaños fue tóxico, sí. Pero fue el cumpleaños más honesto de mi vida. Me estoy sanando, no solo del cáncer, sino de la necesidad de ser perfecta y siempre fuerte en la adversidad. Hoy me abrazo con mis dolores, con mi cuenta bancaria mermada y mi cuerpo cansado, y me digo con una amabilidad que nunca antes tuve: Está bien no estar bien. Estoy haciendo lo necesario para volver a vivir como quiero vivir.

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4 comments
  1. Amo tu honestidad brutal. Está bien querer mandar todo a la mierda a ratos, y concuerdo contigo: tienes muchas ganas de vivir. No quiero cerrar con frases cliché ni optimismo tóxico, solo deseo de corazón que este capítulo tan duro de tu vida pase pronto.

    1. Yo creo que eso necesitamos las personas que pasamos por una situación difícil de salud: enviar buenas vibras y mucho amor, para que esta pesadilla pase rápido. Gracias por tu buena vibra siempre!

  2. Gracias por compartir con nosotros estos temas que son tan delicados y de que muchas veces se mira muy por encima Porque al fin y al cabo no robots, somos humanos. Te mando un fuerte abrazote

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