Nunca había ido a un topless. Tenía 17 años y si bien a esa tierna edad ya conocía algunas cosas de la vida, el espectáculo de la carne en vivo y en directo no había llegado aún a mis ojos… por lo menos hasta esa noche.
Recordar ese episodio es recordar los primeros años de los 90 y volver la vista hacia las noches de una juventud que no sabía de responsabilidades ni deberes. Era 1993. Mis dos mejores amigos (que eran un poco mayores), al igual que yo, no conocían aún la exhibición de menudencias en público, por lo que fueron los dos perfectos escuderos para esta aventura de palurda adolescencia. Quedamos en juntarnos en la casa de uno de ellos con la excusa de ir a una fiesta del liceo, lo cual era una coartada bastante plausible.
La preparación para aquella experiencia estuvo llena de preguntas ridículas e inútiles: ¿cómo uno se vestía para ir a un topless?, ¿formal, casual o sport?, ¿cómo se entraba a un local así?, ¿se pedía permiso?, etc. La lista de preguntas bobas era tan grande que es imposible recordarlas ahora desde la serenidad de la adultez.
Si algo sabíamos era que, para estas ocasiones, no se podía escatimar en gastos, por lo que al tomar la micro no nos fuimos por monedas como de costumbre, sino que pagamos pasaje completo. —¡Se paga al plan, por favor! —le grité al chofer de la 83, micro que sin duda fue la mejor opción que podíamos elegir (esas se iban por Pedro Montt y no por Errázuriz, lo cual si bien hacía un poco más largo el viaje, mejoraba la relación peso por kilómetro recorrido).
Nos bajamos en plaza Victoria a eso de las 22:00 horas; era día viernes y la avenida bullía de actividad nocturna. Cuando nos enfrentamos a las luces de la noche, caímos en la primera estupidez de la jornada, pues nadie sabía dónde había un topless. Después de preguntar a un par de personas al azar, una señora que atendía un kiosco se apiadó de nuestra segura cara de zopencos y nos dijo que la movida estaba en Edwards con Independencia.
Llegamos a un horripilante lugar llamado Órbita 84. El solo nombre daba arcadas, pero teníamos que cumplir con la misión. La entrada costaba $1000 con derecho a un combinado. Una vez dentro, caímos en la segunda sorpresa de esa noche.
El local era espantoso; la iluminación consistía en ampolletas incandescentes —de esas que uno usaba en la pieza—. Debido a esto, estar en ese local era como estar en el comedor de la casa, tomando onces-comida y viendo Video Loco. Lo más importante de la escenografía eran unas pelotas de espejos roñosas y estáticas que colgaban del cielo. El escenario era un tema aparte, pues consistía en una ordinaria tarima hecha con cuartones de pino, los cuales perfectamente hubieran servido para construir una defensa para el desembarco en Normandía.
Ante este triste y poco prometedor espectáculo, con tono gracioso, se me ocurrió decir: —Bueno, ya estamos acá— e hicimos un salud con el peor combinado en la historia del universo conocido.
La tercera y última catástrofe de esa noche no tardó en llegar, pues en eso salió la primera artista de la jornada, quien se hacía llamar “La Amazona”. La Amazona era un travesti de por lo menos 140 kilos que se movía de manera arrítmica al compás del tema Oxygene de Jean-Michel Jarre. Ante nuestra incredulidad, la Amazona comenzó a ser aplaudida por todos los parroquianos del local, entre los que había marinos, pescadores y estudiantes de una universidad que queda al lado del estadio de Playa Ancha.
Todo hubiera sido una experiencia entretenida si no hubiera sido porque “La Amazona” se fijó en mí y quiso que bailara con ella arriba de la tarima. No pude hacerlo. Me tomé el combinado con pisco Limarí al seco y con mis amigos enfilamos hacia la salida del local. Salimos tan rápido que no nos fijamos y chocamos de frente con un abuelito octogenario que llegó atrasado al show, y quien nos llenó de injurias y chuchadas luego del choque.
Para olvidar la experiencia, con mis fieles amigos nos fuimos a deambular por el barrio puerto buscando un carrito de comida nocturna. Caminamos tanto que llegamos cerca de la plaza Echaurren, al lado de otro local… el Scandinavian, pero esa… esa es otra historia.
