Cuando me dijeron que tenía cáncer, mi cerebro no procesó células ni tumores. Inmediatamente proyectó una sola imagen: una mujer sin pelo, de piel opaca y grisácea.
Mi cercanía con el tema no era solo experiencia profesional por mis años atendiendo pacientes oncológicos; era biográfica y traumática. Tengo un historial familiar cargado de dolor, marcado a fuego por la muerte de mi propia madre hace más de 20 años, fallecida precisamente por los devastadores efectos secundarios de la quimioterapia. Con ese antecedente, mi rechazo inicial fue absoluto. Mi cirujano tuvo que insistir en tres consultas distintas porque yo estaba negada. En mi cálculo interno de riesgo-beneficio, ese porcentaje extra de supervivencia no pagaba el costo de repetir el calvario físico de mi madre. Pero, siendo brutalmente honesta, había una variable oculta en la ecuación, una vergonzosa para mi formación como profesional de la salud: no quería, bajo ningún motivo, perder MI PELO.
Puede sonar superficial frente a la muerte, pero mis rulos no eran solo pelo. Eran mi «marca personal» y parte de un proceso de reconciliación con mi imagen corporal y mi autoestima. Mis rutinas «curly» implicaban una inversión significativa: desde shampoos y acondicionadores, cremas y gel especial, difusor de secador… toda esa rutina y tiempo valían la pena al momento de verme al espejo. Quienes me han conocido en mis distintas facetas saben que he tenido el pelo corto, liso, negro, rojo anaranjado y semi planchado. Pero mis rulos eran la versión final de mí misma; mi trinchera de femineidad.
El proyecto «Salvar la chasca»
Pregunté al oncólogo si la caída del pelo era inevitable y su respuesta fue un rotundo «SÍ». Con el corazón destrozado, me fui a casa de Nicolle, amiga desde los 5 años y la «Pepe Grillo» de mi lado emocional. Lloraba en su patio, aceptando que la quimioterapia iba sí o sí, y a su vez, reconociendo cuánto me dolía perder mi melena. Nicolle, para subirme el ánimo, me dijo a modo de broma (con ese humor negro que nos caracteriza) que la ventaja de todo es que podría tener mil pelucas y mil pelos distintos. Entre risas y lágrimas, mi mente ejecutiva tomó el control. Si iba a perder el pelo, lo haría bajo mis propios términos: me haría una peluca con mi propio cabello.
Con mi amiga al lado, me contacté con una fábrica de pelucas. Al escuchar el valor de la confección, tragué saliva. Pensé en mis ahorros. Me dolía tocarlos en algo tan «banal» y superficial como una peluca, sabiendo la avalancha de gastos médicos que se me venían encima. Pero nada importó. Mi pelo era algo que no tenía precio.
Agendé el corte aprovechando un viaje a Santiago. Era una operación de rescate: cortarlo en su estado más sano antes de que la quimio lo tocara. Pero sabía que no podía enfrentar esa guillotina sola. Me comuniqué con Cony, mi gran amiga apañadora desde la adolescencia, con quien tengo una enciclopedia de anécdotas y aventuras. Le pregunté si podía estar conmigo el día del “adiós a mi pelo”. Ella, sin dudarlo, me dijo que sí podía acompañarme en su día libre.
El día del evento llegó y mi ansiedad estaba a otro nivel. Cony trataba de relajarme mientras manejaba hacia la peluquería donde me despojaría voluntariamente de mis hermosos rulos. Ya en la silla, frente al espejo, me puse a llorar desconsoladamente. Cony no solo estaba ahí mirando; estaba agarrándome la mano mientras sacaban cada mechón, que se sentía como si me despojaran de una parte esencial de mi persona. Mi rostro cambió con el pelo corto, los ojos rojos y la nariz hinchada. Me sentía fea, extraña. Era algo mucho más allá de la estética; era la antesala de que lo peor, lo que tanto me negué a vivir, era inevitable.
Pero el destino tenía preparado un giro cruel: la cantidad de pelo no era suficiente. Tenía el largo, pero no el gramaje mínimo para que la peluca quedara decente. Habiendo soltado mis ahorros, el costo extra ya daba lo mismo; el verdadero terror era que no podían asegurarme encontrar un cabello con una textura similar al mío.
Fue entonces cuando llamé a Valeria, mi comadre de la vida y madre de mi ahijada (quien tiene un cabello crespo muy parecido al mío), para contarle mi desgracia en un «cacareo depresivo» por teléfono. Su respuesta me dejó helada:
“¡Amiga! Yo tengo pelo mío guardado. ¿Te acuerdas que hace 10 años me lo corté drásticamente? Lo guardé por si acaso a alguien, algún día, le servía para una peluca. ¡Quién iba a imaginar que esa ibas a ser tú!”.
En una misión de amistad y hermandad femenina, Valeria fue a dejar su pelo a la casa de Cony, y Cony lo llevó a la fábrica de pelucas. Una donación de «órgano» estético que esperaba en un cajón hace una década para salvarme.
Hoy tengo una peluca con mi pelo (y el de Valeria). Varias personas dicen que es muy parecida a mi pelo original. Me ayuda a recordar mi rostro con sus rulos en el cuero cabelludo, tranquilizando mi corazón.
Pero esta peluca cumple una función más estratégica: es mi blindaje social. Gracias a ella, la gente deja de tratarte con condescendencia y evita esa mirada de «pobrecita». Ya nadie se queda averiguando si soy hombre o mujer. La peluca regula mi exposición, recordando que aún soy «presentable socialmente», casi como si el cáncer y la quimioterapia no existieran.
La verdadera composición de mi peluca
Sin embargo, cuando me quito el blindaje, entiendo lo que realmente llevo puesto. Esta peluca es mucho más que keratina y fibras; es una obra de ingeniería emocional construida por las mujeres de mi vida.
Está hecha de la chispa de Nicolle, que con su humor negro transformó mi llanto en un plan de acción ejecutivo. Está tejida con la fortaleza de Cony, cuya mano apretando la mía fue el único analgésico real mientras la tijera cortaba. Y está completada con la generosidad de Valeria, cuya intuición de guardar una parte de sí misma hace una década me devolvió mi esencia hoy.
Lo que llevo en la cabeza no es vanidad; es energía femenina en estado puro. Es la prueba tangible de que, cuando tus propios recursos se agotan y te sientes desnuda frente a la vida, la verdadera red de seguridad femenina son tus amigas. Ellas no solo salvaron mi pelo; se encargaron de blindarme el alma para que la quimio solo se llevara lo malo, pero nunca lo que realmente soy.

Que belleza de historia tras el dolor, como la vida misma
Jesu, muy linda tu columna, me sentí tan identificada con los chochos.
Me pasó lo mismo alguna vez en que hice de todo en mi pelo hasta que llegó el momento de aceptar mi rulos y desde ahí muchas rutinas de rizado y probando nuevos productos, en fin tú manejo respecto a tus rulos y tu situación de salud fue muy emocionante como nos contactes tu experiencia. Un abrazo
que linda columna, me identifique con mis rulos que aprendí a quererlos y el miedo al cancer, lo vivi con mi madre y también aunque suene superficial es un gran tema de identidad y sin él es un recordatorio constante de la enfermedad, te abrazo.
Qué buenas amiga.
Me histe llorar…