Andrónico y Yo

A fines de los noventa, en pleno Valparaíso, un joven administrativo presencia la llegada del nuevo dueño del banco.

Cuando la década de los 90’s comenzaba su fin, la repentina muerte de mi padre me llevó a buscar trabajo de una manera muy apresurada; todo esto para ayudar en alguna forma a la economía familiar, la cual entró en un período de gran incertidumbre.

Por esas cosas del destino, estuve una corta temporada trabajando en el antiguo Banco de Agustín Edwards (Banco de A. Edwards, como salía en la TV), cuyo edificio quedaba en la calle Cochrane N°785 de Valparaíso. El lugar, que se asentaba en pleno “centro financiero” de la ciudad, estaba rodeado de antiguas construcciones, calles estrechas, subidas empinadas y uno que otro lugar de ocio, como el espectacular bar inglés. La modernidad de aquellos años había hecho que otros nichos de negocios más contemporáneos, como los centros de llamados y los primeros cafés con piernas, se instalaran de manera rupturista en aquel añejo “Down Town” porteño.

Como la crisis asiática acechaba, y mi currículum sólo ostentaba un cuarto medio más una carrera universitaria de medio pelo a medio terminar, me sentí sumamente afortunado al laburar tras el mesón de atención al cliente de esa prestigiosa entidad bancaria.

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Fue en ese lugar donde entendí que muchos de los personajes de oficina que la televisión mostraba en calidad de caricaturas, de hecho, existían en la vida real tal y como se mostraban en la pantalla chica. En aquel lugar conocí, entre otras personas, a la secretaria de gran escote, al sapo, a la amante del jefe, al borracho, al resentido, al que se creía vivo, a la vieja que nadie soportaba, al supervisor déspota, a la esposa de un gerente amigo la cual no sabía hacer nada, etc. Por este motivo, se podría decir que las paredes de aquel edificio eran realmente la jaula de un extraño zoológico laboral, del cual participé y fui testigo durante los 6 meses que me tocó entregar chequeras y cartolas a clientes no muy amigables.

Como nada es para siempre (ni siquiera las instituciones bancarias), aquel año un fenómeno poderoso se instaló en la vida de los empleados del Banco: las fusiones de entidades financieras.

Para enero de 1998, aquella fiebre de fusiones corporativas ya se había cargado a los Bancos O’Higgins, Sudamericano, de Santiago y de Concepción, por lo que ahora era el turno del añoso Banco Edwards.

En un par de meses, y de manera abrupta, comenzó a correr el rumor de que este sería adquirido por el Banco de Chile. Este solo murmullo generó inquietud, especialmente en el personal que estaba en los niveles más bajos del organigrama de la oficina. Esta noticia no tardó en provocar que todos comenzaran a especular sobre su futuro y sobre la nueva administración.

Fue la primera vez que escuché el apellido Luksic.

Luksic se convirtió, desde ese instante, en un infundio, una habladuría, una sombra, un poderoso personaje que, a través de su chequera casi infinita, podía adquirir lo que él quisiera.

La gente comenzó a temer.

Ya antes, las empresas de outsourcing habían hecho lo suyo, llevándose por delante primero al personal del aseo y luego a los junior y telefonistas; todo esto bajo el amparo del argumento de la eficiencia y el poder sacarse “la grasa de las leyes sociales” de encima. Daba pena, pero nada se podía hacer, pues era el camino que el banco y el mercado laboral habían decidido iniciar ya sin vuelta atrás.

Fue en uno de esos días, en pleno febrero, que el mismísimo Andrónico Luksic visitó la oficina. Mi jefe directo nos llamó a todos los administrativos y nos encargó mostrar nuestra “mejor cara”, pues las conversaciones de fusión de ambos bancos habían comenzado y era conveniente e importante demostrar un ambiente laboral “armónico”.

Recuerdo que Luksic bajó las escaleras con la parsimonia que da el poder. Bajó lentamente hasta el subterráneo donde trabajábamos para saludar a su “nuevo personal”. Cuando llegó a la planta baja del edificio, comenzó una ceremonia de presentación que fue extremadamente rápida.

En mi cabeza aún está la imagen de los gerentes y jefes de sección, quienes revoloteaban como mariposas erotizadas alrededor del nuevo patrón, quien nos saludó a cada uno de nosotros. Cuando llegó a mi estación de trabajo, me dijo: “—Buenos días—”, y me dio un apretón de manos de 0,03 segundos de duración.

Luego de eso, enfiló a una elegante sala de reuniones donde, entre otros, se encontraba Eduardo Ebensperger, actual Gerente General del Banco de Chile, quien alguna vez tuvo que declarar ante la fiscalía por su participación en el comité de crédito que aprobó el préstamo a Natalia Compagnon en el caso Caval.

Al término de ese día, conversamos con los compañeros de trabajo sobre lo que había pasado. Yo, en mi habitual estupidez, afirmé muy relajado al grupo de compañeros de trabajo:

—Para qué tanta plata, este weón no debe ser feliz.

Ante esta declaración, un colega (de los más antiguos) me respondió de manera muy amorosa y sencilla:

—Sale reculiao, mejor mueve la raja y tráeme una resma pa’ la impresora.

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