Me atrasé.
Esto debí escribirlo hace un par de semanas, pero en verdad, no había encontrado el ánimo de tomar el teclado y empezar a contar lo que voy a escribir ahora.
Hace poco terminó el 2025, el cual fue un año laboral intenso, por decir lo menos. La primera mitad fue prácticamente igual a las últimas cinco, seis o diez primeras mitades de año. El mismo trabajo, mismo escritorio, misma oficina, con casi las mismas caras alrededor y la misma sensación de sentir las vértebras aplastadas por una actividad rutinaria, anquilosante, pero necesaria; porque digamos algo incómodo, algo que poca gente reconoce a viva voz: trabajar no es lo mejor del mundo; de hecho, no hay nada más alejado de eso. No por algo la etimología de la palabra trabajo es asociada, en una de sus acepciones, al concepto de tortura (trabajo = tripalium, elemento de tortura en la antigüedad).
Con el pasar de los primeros meses del año, comencé a caer en un marasmo de proporciones cuando de llegar a la oficina se trataba.
Comencé a visualizar cómo los días pasaban de 08:00 a 17:00 siempre en la misma clave: un ambiente laboral en decadencia, el cual era disfrazado de armonía culposa; compañeros de trabajo complejos y a la defensiva; jefatura ensimismada en una superioridad moral muchas veces desquiciante y un largo y odioso etcétera.
Pues bien, un día cualquiera en la mañana, mientras esperaba la micro para ir a trabajar, recordé algo de la pandemia del 2020. En esos días donde todo era confuso e incierto, me topé con un link perdido en internet el cual me llevó a un video de YouTube donde se podía escuchar a José Miguel Villouta hablar sobre un curso de escritura que él estaba dictando. Aquel espacio fue como una bebida helada en el desierto en el que vivíamos por aquel entonces, donde navegábamos en medio de pandemias, esperanzas de vacunas, carreras por obtener ventiladores mecánicos y estadísticas de muerte todos los días a las 21:00 horas por los noticiarios centrales.
Seguí el curso los cinco o seis videos que duró. Luego de eso llegó el silencio. No salieron más cursos de escritura ni otros de mindfulness que también realizó José Miguel; sin embargo, quedó en mi retina una marca registrada que llamó mi atención en los links que visité buscando más contenido del exconductor de “El Interruptor”. Esa marca era una corta y extraña frase de dos palabras que sonaban fuerte y sigilosamente provocadora: Otro Público.
En mayo, cuando comencé a escuchar la radio, se empezó a hacer familiar el término de “Otro Desayuno”; ese programa de tres horas dura desde las 06:00 hasta las 09:00 a. m. Ese espacio de buena música y temas insólitos para ser abordados a esa hora de la mañana (productividad laboral, alimentación saludable, relajación y abruptas menciones al pico, a las conchi-juntas y otros neologismos que habitan de la cintura para abajo) hicieron que mi trayecto a la oficina comenzara a ser mucho más agradable y ágil.
Luego vino la comunidad de WhatsApp, donde alrededor de 300 personas repartidas en una infinidad de grupos interaccionan de manera diaria y a veces masiva (muchas veces, después de llegar a casa, podía con sorpresa ver que habían 400 o más mensajes sin leer). Ahí decidí hacerme patrón, lo cual fue una decisión de importancia capital.
Luego de eso comenzaron las sesiones de Zoom; primero con algunas sesiones de coaching, donde comencé a familiarizarme con términos y conceptos nuevos hasta ese entonces para mí. Y llegaron las palabras nuevas que abrieron todo un nuevo espacio en mi rutina diaria; de esta manera, los calendar blocking, planners, bullet journal y brainstorming pasaron a ser parte de mi vocabulario diario.
Un día comenzó algo fundacional: se empezó a utilizar el Zoom para trabajar en grupo mediante la técnica del Pomodoro. Esta técnica permite trabajar de manera profunda y concentrada en lapsos de 25 minutos, con descansos de 5 o 15 minutos dependiendo de la organización que se haga. Era extraño estar con personas desconocidas hasta ese momento compartiendo en silencio un espacio laboral tan distinto, pues cada uno estaba en lo suyo: alguien terminando un doctorado en física, otra persona concentrada en un análisis en la Cámara de Comercio y uno mismo tratando de dibujar en AutoCAD una herramienta nueva que sirviera para desarmar una parte de uno de esos camiones gigantes de la minería.
Así, de manera rápida, se formó una nueva comunidad: la comunidad del Zoom.
Y conocí a nuevas personas: la Calafate, la Pata, Marco Antonio, Richie, Ema, Fer, Pop Soda, Eve, Priscilla, Elisa, Anita, Jandi, María Paz, Carolina, Paola, Fran, Sheila, Salva, Ale, Daniel, Sebastián y Miguel Ángel; todos ellos quienes, en el corto plazo, se transformaron en entrañables amistades.
Y nació la Red Social de Otro Público y la Revista Patrón, ambos espacios increíbles para poder compartir contenido sin algoritmos cabrones ni stalkers desagradables. En estos dos espacios me atreví a escribir después de años y, junto con otros miembros de la comunidad, comenzamos a jugar a ser escritores de columnas y generadores de contenido.
Luego llegó agosto, un mes revoltoso que comenzó con el cumpleaños de José Miguel y un capítulo de Primer Plano que se compartió tanto en persona con el cumpleañero como a distancia por la señal de Zoom.
Y así fueron sumándose hitos.
Un día, Elisa comentó que McKinsey & Company había lanzado un programa de aprendizaje en español. Yo, desde que salí de la universidad hace más de veinte años, jamás había hecho un curso ni siquiera de macramé. Fue todo un desafío. Lo logré… diez semanas demoré en aprobar el curso.
A finales de octubre llegó el momento de negociar con mi empleador el ansiado aumento de sueldo que estaba solicitando hacía unas semanas. Todo lo que escuché y aprendí en la radio, todo lo conversado con mis nuevos compañeros de oficina virtuales y todo lo visto en el curso de McKinsey lo tomé y lo transformé en un arsenal de argumentos que me hizo conseguir aquel aumento de lucas.
Ya con los últimos meses del año, se formó un nuevo proyecto. Junto a dos grandes amigos del Zoom, decidimos hacer un experimento audiovisual y comenzamos a pensar y a ejecutar una especie de terapia grupal disfrazada de podcast. Rigor Mortis es el nombre del engendro y hasta ahora ha logrado continuidad de capítulos y hasta una página web.
Como se puede ver, y como dije al principio de este texto, este año ha sido un año intenso por decir lo menos.
¿Qué nos depara el futuro?
Pues nadie lo sabe, como todo el mundo sabe.
Pero acá ofrezco una respuesta:
Una de las cosas importantes que aprendí con Otro Público el año recién pasado es que, sea como sea, siempre es posible empezar cosas y proyectos nuevos, una y otra vez de ser necesario. Lo he visto y conversado tantas veces con la gente de la comunidad que, llegué a la conclusión de que estamos condenados a la posibilidad de reinventarnos.
¿La diferencia este 2026?
Esta vez no estaré solo.

Fantastica columna. Me pude indentificar mucho pues yo también comencé a estudiar frances. Y es Hermoso tener una communidad con quien rebotar idea. Exito total este 2026
Gracias Priscilla!!! Ha sido un año hiper movido!!!