Estructuras demasiado grandes

El poder no siempre cae por error, sino por peso. Cuando las estructuras crecen demasiado, pierden la capacidad de girar.

El fundador presidía la mesa.

No necesitaba elevar la voz. Su sola presencia ordenaba la sala. Era el creador de la compañía, el mayor accionista, el apellido que aún encabezaba los comunicados de prensa aunque ya no firmara nada. Su figura ocupaba espacio. Su trayectoria también. Décadas de decisiones, adquisiciones, victorias narradas como inevitables.

La estratega estaba sentada dos puestos más allá.

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Sin cargo visible. Sin título en LinkedIn que explicara su rol. Nadie sabía con exactitud qué hacía, pero estaba invitada a todas las reuniones clave. Tomaba notas que no parecían notas. Hacía preguntas que nadie más se atrevía a formular.

El fundador hablaba de escala.

De capitalización.

De poder de mercado.

—Si esta compañía cae —dijo, mirando a nadie en particular—, arrastra a todos. 

Algunos no resistirían.

La estratega no reaccionó.

El trimestre se quebró una semana después.

No fue un escándalo. No hubo filtraciones ni titulares estridentes. Fue una combinación precisa de errores de cálculo, exceso de confianza y estructuras demasiado grandes para girar a tiempo. El mercado no castiga el error: castiga la lentitud.

Las acciones cayeron en minutos.

El fundador intentó intervenir.

Llamadas. Correos. Reuniones de emergencia.

Cada movimiento era pesado. Cada decisión exigía consenso. Cuando quiso corregir, ya no había piso.

La caída fue brutal.

Su nombre apareció en los titulares asociado a palabras que no controlaba: pérdida, responsabilidad, salida. 

Una ruptura limpia. Definitiva. De esas que no aparecen en los balances, pero dejan a alguien inmóvil.

La estratega no cayó.

Había reducido exposición días antes. 

Sin ruido. Sin dramatismo. 

Su riesgo era mínimo. 

Sus decisiones, ágiles. 

Su estructura, flexible. 

Mientras el fundador se quebraba bajo su propio peso, ella se desplazaba entre escenarios posibles.

Volvió a aparecer cuando todo estaba en el suelo.

—Es mejor ser liviano —dijo, en una sala casi vacía.

Pidió asesoría legal. De primer nivel.

No para ella.

Para el fundador, ya que el protocolo exigía cierta elegancia.

Escrito por

  • José Miguel Villouta

    José Miguel Villouta piensa la productividad como quien arma una playlist: sin relleno. Conduce Otro Desayuno en Vivo y, entre café y océano, entrena a sus auditores para trabajar con menos ruido y más propósito. En Otro Público aterriza ideas grandes en hábitos simples. Le gustan la precisión, los cronómetros y la gente que cumple.

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