Una mujer apurada

En una sala de directorio con sueldos de otro planeta, una jefa confunde control con ansiedad: revisa, interrumpe, apura.

Susana era directora general de una firma de inversiones. Quería impresionar al directorio con una reunión “perfecta”: un informe impecable, un modelo financiero pulcro, y una propuesta lista para firmar.

El problema fue la impaciencia. A los diez minutos ya pedía ver “la versión final”. Volvía a abrir el archivo, pedía cambios mínimos, revisaba una cifra, preguntaba por un gráfico, corregía una frase, cambiaba el orden de una diapositiva. Cada interrupción obligaba al equipo a recalcular, reexportar, reenviar. Lo que estaba “en proceso de cuajar” no alcanzaba a estabilizarse. Y como todos corrían para responderle, nadie se detenía a hacer lo importante: dejar que el trabajo terminara su ciclo.

Cuatro horas después, el informe seguía inestable. Y justo cuando los directores se conectaban, el sistema colapsó: versiones cruzadas, archivos dañados, enlaces rotos. La reunión se fue al suelo por algo que parecía “control”, pero era pura ansiedad.

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El apuro sale caro. En el reino del trabajo, apurar un proceso es la forma más rápida de arruinarlo.

Author

  • José Miguel Villouta

    José Miguel Villouta piensa la productividad como quien arma una playlist: sin relleno. Conduce Otro Desayuno en Vivo y, entre café y océano, entrena a sus auditores para trabajar con menos ruido y más propósito. En Otro Público aterriza ideas grandes en hábitos simples. Le gustan la precisión, los cronómetros y la gente que cumple.

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