Había una vez un gerente con muy mal genio. No era incompetente. No era flojo. Era corto de paciencia. Se irritaba por detalles. Y cuando se irritaba, dejaba de pensar.
Durante semanas trabajó en un proyecto clave. Presentaciones, planillas, reuniones eternas. Llegaba antes que todos. Se iba último. El proyecto, al fin, estaba listo. Aprobado. Bien armado. Era su mejor trabajo en años.
El día de la presentación final pasó algo mínimo. Un correo mal escrito. Una observación torpe en copia a todo el equipo. Nada grave. Nada mortal.
El gerente explotó.
Respondió de inmediato. Con sarcasmo. Con rabia. Sin respirar. Mandó otro correo, y otro más. Sumó a gente que no debía estar. Escaló el problema. Lo convirtió en conflicto.
Ahí está el error.
En su enojo, no vio que estaba pateando la misma mesa que sostenía el proyecto. Quemó confianzas. Tensó al equipo. Hizo ruido donde había orden. Para cuando quiso volver atrás, la reunión ya no trataba del trabajo, sino de su reacción.
El comentario inicial ya no importaba.
Esto no va de gerentes. Va de oficinas. De reuniones. De chats internos. De personas brillantes que pierden terreno por no saber esperar dos minutos antes de responder.
La rabia mal manejada no demuestra liderazgo. Demuestra falta de control.
En los negocios, como en la vida, no siempre te destruyen los errores grandes. A veces basta un correo enviado demasiado rápido.

