Sluggy era joven. Muy joven para el cargo que tenía, pero nadie se lo decía en la cara. Le habían dado responsabilidades antes de tiempo y él lo había interpretado como una señal inequívoca de genialidad.
Le molestaba el peso.
El compliance.
Los protocolos.
Los respaldos legales.
Los seguros.
Las cláusulas largas.
Los planes de contingencia.
Decía que todo eso ralentizaba la innovación.
Un día decidió prescindir todo lo que le molestaba.
No más contratos extensos.No más auditorías innecesarias.
No más escenarios pesimistas.
—¿Para qué cargar con todo eso? —decía—. El mercado premia a los rápidos.
Caminaba ligero.
Sonreía en reuniones.
Improvisaba.
Cerraba acuerdos con un apretón de manos y una frase bien dicha.
Se sentía libre.
En un directorio coincidió con un ejecutivo viejo.
Muy viejo.
Nadie lo subestimaba.
No hablaba mucho.
Siempre llevaba todo encima: carpetas de abogados, de reservas, de seguros, de escenarios alternativos.
Cada decisión venía acompañada de una carpeta.
—¿Por qué cargas con tanto? —le preguntó Sluggy, con algo de condescendencia.
El ejecutivo lo miró sin apuro.
—Porque siempre llueve —respondió.
No pasó mucho tiempo.
El entorno cambió.
Regulaciones nuevas.
Un competidor agresivo.
Un contrato mal redactado que alguien decidió leer con atención.
El mercado se volvió hostil de un día para otro, como suele hacerlo.
La lluvia cayó.
El ejecutivo viejo se replegó sin ruido.
Activó cláusulas.
Ejecutó respaldos.
Se mantuvo seco, tibio, protegido.
Sus números resistieron.
Sluggy no tenía dónde meterse.
Quedó expuesto. Empapado. Blando. Vulnerable.
Cada decisión improvisada ahora era un problema legal.
Cada atajo, un riesgo real.
Cada sonrisa, irrelevante.
No dijo nada.
El ejecutivo viejo tampoco.
