Susana era directora general de una firma de inversiones. Quería impresionar al directorio con una reunión “perfecta”: un informe impecable, un modelo financiero pulcro, y una propuesta lista para firmar.
El problema fue la impaciencia. A los diez minutos ya pedía ver “la versión final”. Volvía a abrir el archivo, pedía cambios mínimos, revisaba una cifra, preguntaba por un gráfico, corregía una frase, cambiaba el orden de una diapositiva. Cada interrupción obligaba al equipo a recalcular, reexportar, reenviar. Lo que estaba “en proceso de cuajar” no alcanzaba a estabilizarse. Y como todos corrían para responderle, nadie se detenía a hacer lo importante: dejar que el trabajo terminara su ciclo.
Cuatro horas después, el informe seguía inestable. Y justo cuando los directores se conectaban, el sistema colapsó: versiones cruzadas, archivos dañados, enlaces rotos. La reunión se fue al suelo por algo que parecía “control”, pero era pura ansiedad.
El apuro sale caro. En el reino del trabajo, apurar un proceso es la forma más rápida de arruinarlo.
