Estimado Gerente Buena Gente:
Trabajo en una empresa donde, en teoría, todo está claro: cargos definidos, procesos documentados, reuniones agendadas. Pero en la práctica, nada funciona exactamente así.
Hay correos que nunca reciben respuesta. Hay decisiones que se toman en conversaciones a las que no fui invitado/a. Hay personas que avanzan rápido sin parecer más talentosas ni más trabajadoras, y otras —como yo— que sienten que siempre llegan tarde a algo que ya pasó.
No es falta de compromiso. El trabajo se hace. Los plazos se cumplen. Pero existe una sensación constante de estar fuera de foco, de no entender del todo cómo se mueven realmente las cosas dentro de la empresa.
La pregunta es simple, aunque incómoda:
¿cómo se navega una cultura corporativa cuando las reglas importantes no están escritas en ninguna parte?
Atentamente,
Alguien productivo, pero confundido
Estimado Imbécil:
Lo primero: lo que describes no es una falla personal. Es una experiencia común en cualquier organización donde exista cultura corporativa. Y eso incluye prácticamente a todas.
La cultura corporativa no vive en los manuales ni en el organigrama. Vive en los silencios, en los tiempos de respuesta, en los canales que sí funcionan y en los que solo existen para cumplir. Es el sistema operativo invisible de la empresa.
Cuando un correo no recibe respuesta, no es necesariamente desinterés. Muchas veces es una señal cultural.
Quizás ese canal no es donde se toman decisiones.
Quizás la urgencia se comunica de otra forma.
Quizás el poder circula por rutas que todavía no has observado.
Lo mismo ocurre con las conversaciones estratégicas.
No siempre se trata de exclusión deliberada.
A menudo se trata de confianza acumulada, de timing, de lectura del contexto.
Las personas que “están” en esas conversaciones suelen haber entendido algo clave: cómo se conversa en esa empresa y cuándo hacerlo.
La productividad, en estos casos, no mejora trabajando más duro.
Mejora leyendo mejor el entorno.
Observa qué canal usa realmente tu jefatura cuando necesita algo ahora.
Mira quién habla primero en las reuniones y quién cierra las conversaciones.
Fíjate en el tono que se premia: directo, diplomático, técnico, político. Todo eso es información.
Entender la cultura no significa adaptarse ciegamente ni perder criterio.
Significa moverse con intención.
Elegir cuándo insistir, cuándo esperar y cuándo cambiar de estrategia.
Navegar una empresa es aprender a jugar un juego que no se explica, pero que se puede leer. Y cuando se entiende ese juego, el trabajo pesa menos, las decisiones se vuelven más claras y la productividad deja de sentirse como una lucha constante.
No estás fuera de lugar. Solo estás aprendiendo el idioma real del sistema.
Atentamente,
El Gerente Buena Gente
