Hay una fatiga que no se nota en el cuerpo, pero sí en la conversación. Aparece cuando alguien se excusa y dice que ya no quiere opinar. Se cuela en los mensajes privados, cuando otro confiesa que prefiere quedarse callado antes de meterse en problemas. No es apatía. Es agotamiento. Un cansancio profundo frente a un clima cultural donde cualquier frase puede convertirse en evidencia, cualquier duda en sospecha, cualquier matiz en una falta moral.
La discusión pública dejó de girar en torno a ideas y empezó a orbitar alrededor de intenciones. Ya no importa tanto qué se dijo, sino desde dónde se dijo. No importa el argumento, sino la identidad de quien lo formula. Y en ese desplazamiento silencioso, algo esencial se fue erosionando.
Hay varias personas hastiadas frente al discurso ideológico dominante, una cosa bienintencionada que partió con afán de justicia pero que va en vigilancia moral.
Cuando opinar se parece demasiado a declarar
Durante años se repitió que la corrección política era una forma de cortesía. Un mínimo acuerdo para convivir mejor. El problema es que ese marco fue mutando. De pedir respeto pasó a exigir adhesión. De promover cuidado pasó a fiscalizar pensamiento.
Cuando el foco deja de estar en lo que hacemos y se traslada a lo que creemos, el terreno se vuelve inestable. Ya no hay reglas claras. No hay límites jurídicos nítidos. Todo queda sujeto a la sensibilidad de terceros y al criterio cambiante de la autoridad.
Una opinión es hoy peor que un delito.
El autoritarismo bien intencionado
Uno de los rasgos más desconcertantes de este momento es que muchas restricciones no vienen impulsadas por figuras cínicas o abiertamente represivas, sino por personas convencidas de estar haciendo el bien.
No buscan silenciar por poder. Buscan proteger. No quieren castigar. Quieren corregir. No hablan de censura, sino de responsabilidad social.
Ese es el punto más difícil de discutir, porque apela a valores compartidos. ¿Quién podría oponerse a reducir el daño? ¿Quién se atrevería a defender el derecho a incomodar?
Pero cuando la protección se convierte en criterio supremo, todo lo demás queda subordinado. La libertad pasa a ser condicional. La expresión se vuelve un privilegio revocable. Y el desacuerdo empieza a verse como una amenaza.
Cuando una cultura deja de tolerar el conflicto simbólico, termina trasladándolo al plano institucional. Lo que antes se discutía, ahora se denuncia.
El argumento del “no exageres”
Cada vez que se cuestionan estos cambios aparece la misma respuesta. Que se está dramatizando. Que nadie va preso por opinar. Que hablar de riesgos es caer en el alarmismo.
Ese razonamiento ignora algo elemental. Las transformaciones profundas rara vez comienzan con grandes rupturas. Empiezan con pequeños precedentes aceptados sin resistencia.
Por ejemplo, en mi caso, la hija de un presidente, Mariana Aylwin, utilizó una fotografía de mi propiedad —tomada con mi cámara, en mi casa— a raíz de un tuit mío que reconozco como desagradable. Esa imagen fue usada sin mi autorización como portada de una columna que se viralizó durante varios días. ¿Fue cuatro días tendencia de twitter?
En ese texto se me acusaba públicamente de ser misógino y recista. El origen de todo fue un tuit en el que señalé que el canon feminista en Chile me parecía mediocre por no considerar El cuento de la criada.
Hasta hoy, ningún abogado especializado en derechos de propiedad intelectual se ha atrevido a tomar el caso. La columna fue escrita por la periodista Karen Espinoza, investigadora de Derechos Digitales, la ONG que debería defenderme. Da lo mismo que en Derechos Digitales trabaje gente que usurpe derechos intelectuales y cobre por ello. Se sienten con el derecho de hacerlo ya que el afectado, debido a su opinión, se lo merece.
Karen Espinoza da talleres de bullying también. Es el plato completo.
Esto ocurre y se normaliza. No porque haya una conspiración, sino porque se perdió el hábito de incomodarse frente a un tweet como el mio.
Nuevamente: La hija de un presidente, usurpando propiedad intelectual en medio de la tole tole donde todos corrían con antorchas detrás mio. Lo decente en medios es pagarle a fotógrafos o agencias de medios. No meterse a mis cosas a sacármelas. Llega a dar asco.
Debemos abandonar la idea de que solo hay peligro cuando el daño ya es irreversible.
La trampa de creer que ya sabemos lo suficiente
Uno de los errores más persistentes de toda época es asumir que el presente es moralmente superior al pasado. Que ahora sí entendemos. Que ahora no nos equivocaríamos como antes.
Ese fue exactamente el razonamiento de quienes censuraron a científicos, escritores y pensadores a lo largo de la historia. No actuaban desde la maldad, sino desde la certeza. Creían proteger el orden, la verdad o el bien común.
El problema es que ninguna generación puede anticipar cuáles de sus convicciones serán vistas mañana como dogmas ridículos. La única protección real frente a ese riesgo es permitir que las ideas circulen, choquen y se pongan a prueba.
La libertad de expresión no existe para proteger opiniones populares. Existe para resguardar las incómodas, las torpes, las erradas y también las provocadoras. Porque solo en ese ruido se decanta algo parecido a la verdad.
Debemos defender la libertad de expresión no porque tengamos razón hoy, sino porque podemos no tenerla mañana.
El desgaste emocional de vivir en permanente corrección
Más allá del debate, hay un efecto cotidiano que pocas veces se reconoce. La gente está cansada.
Cansada de medir cada palabra. De anticipar malentendidos. De explicar intenciones. De caminar con la sensación de estar siempre a un paso del error moral.
Ese cansancio no vuelve a las personas más empáticas. Las vuelve silenciosas. Y una sociedad que deja de hablar no se vuelve más justa. Se vuelve más tensa.
La autocensura no produce convivencia. Produce resentimiento. Y ese resentimiento no desaparece. Se desplaza. Se radicaliza. Se expresa donde ya no hay diálogo posible.
El error es parte del intercambio humano. No todo desacuerdo es violencia. No toda incomodidad es daño.
El verdadero riesgo para quienes buscan justicia
Hay una paradoja que rara vez se dice en voz alta. Las restricciones al discurso terminan perjudicando precisamente a quienes dicen querer proteger.
Las herramientas de censura no distinguen ideologías. Solo esperan turno. Lo que hoy se utiliza para silenciar a unos, mañana puede volverse contra otros con la misma facilidad.
Por eso la defensa de la libertad de expresión no es patrimonio de un sector político. Es una condición mínima para que cualquier causa pueda existir sin depender del humor del momento.
Qué hacemos con todo esto
No se trata de negar el daño real que pueden producir ciertas palabras. Tampoco de romantizar el insulto o la crueldad. Se trata de entender que una sociedad libre gestiona esos conflictos con más expresión, no con menos.
Más conversación. Más debate. Más fricción. Menos intervención punitiva sobre lo que aún pertenece al terreno de las ideas. De las ideas peligrosas incluso.
La fatiga actual no es un rechazo a la justicia. Es un rechazo a la vigilancia moral permanente. A la sensación de estar siendo evaluados no por lo que hacemos, sino por lo que pensamos.
Hace 5 años armé en mi pieza una radio online donde está prohibido hablar de política. Y se ha levantado una comunidad que en estos tiempos, en este país, ha aprendido a confiar en la madurez del intercambio humano. No porque sea perfecto, sino porque la alternativa es mucho peor.
