A veces pienso que los jardines infantiles envejecen mal porque fueron diseñados sin escuchar a nadie que mida menos de un metro. Todo queda demasiado lejos, demasiado alto, demasiado rígido. Y claro, después nos sorprendemos cuando los niños se aburren o se ponen inquietos. ¿Qué esperábamos? Si los tratamos como visitantes, no como dueños del espacio.
Lo más triste es que muchas salas parecen contenedores: grandes, limpias, silenciosas… pero sin alma. Lugares donde todo está pensado para que el adulto controle, no para que el niño experimente. Y ahí está el error. Los niños necesitan mover cosas, trepar, romper, inventar, esconderse, asustarse un poco y después volver a sentirse seguros. Necesitan sentirse parte, no vigilancia.
Si el arquitecto pudiera agacharse de verdad, mirar desde abajo, caminar con pasos cortos y escuchar el ruido que hace una puerta gigante cuando pesa más que él, algo cambiaría. Tal vez entendería que un espacio no es un cuadrado vacío: es un educador silencioso. Enseña con luz, con olores, con rincones, con texturas. Y si no enseña nada, desaprovecha el día.
Al final, un buen jardín infantil es ese que recuerda que la infancia no se repite. Y que cada metro mal pensado es un metro perdido para siempre.
