Soy un caracol atleta. Viajo a una velocidad de 30 kilómetros por segundo, por el valle de las rancas, hierbas abundantes y amarillas, también llamadas Lastenias, nombre de la alumna de Platón que vestía de hombre para evitar ser confundida con una hetera, que eran mujeres promiscuas, inteligentes e independientes.
Voy en un segundo, 30 kilómetros hacia el norte, o 30 kilómetros hacia el sur, aunque prefiero siempre 30 kilómetros hacia el oeste, que es donde está la montaña, la parte más alta del valle, donde puedo observar todo. Veo las preguntas que nadie hace, veo los colores que nadie ve, veo las tristezas y alegrías de las raíces, veo las gotas de lluvia hundiéndose en la nieve, veo los rayos de sol cuando traspasan las alas de las abejas. Veo el brillo que deja mi huella, diamantes diminutos que no se pueden borrar y se hunden hasta las raíces de las Lastenias que rodeo con mis bailes.
Soy tan pequeña que no veo el camino, no veo, no huelo, no escucho, solo me guían mis antenas que reciben señales de muchos lugares y seres y a los cuales respondo con las mismas antenas repletas de mensajes:
Es imposible ser lento – cambio
La conexión del amor va más allá del tiempo y el espacio, presencialidad o frecuencia – cambio
La base sagrada es la hermandad – cambio
Lo divino está en tu corazón, no en tu cabeza – cambio
El entusiasmo es el motor divino – cambio
Las preguntas son más entretenidas que las respuestas – cambio
Los corazones son de agua – cambio
Las antenas también funcionan en las tormentas – cambio.
Cambio y fuera.