Hay momentos en la vida en que el alma parece detenerse a escuchar. En medio del ruido, surge una enseñanza que llega como respuesta a una búsqueda silenciosa. Así fue mi encuentro con Un Curso de Milagros (UCDM): lo descubrí en 2017, pero comencé a estudiarlo profundamente en 2018. Desde entonces, se ha convertido en un faro constante que ilumina mi camino hacia la paz interior.
Un Curso de Milagros no es una religión ni una doctrina. Es una enseñanza espiritual no dual cuyo propósito es llevarnos a la experiencia directa de la paz, entendida no como ausencia de conflicto, sino como un estado natural del Ser. Nos enseña que lo real no puede estar dividido: la separación que creemos vivir —entre nosotros, con Dios, o con el mundo— es una ilusión sostenida por el miedo y la culpa.
El Curso describe dos sistemas de pensamiento que habitan nuestra mente: el del ego, basado en la separación y el temor, y el del Espíritu, que representa la voz interna del amor y la unidad. A través del perdón —que aquí significa corregir la percepción y reconocer que nada real puede ser amenazado— aprendemos a volver a la conciencia del amor que somos.
Durante la pandemia de 2020, este aprendizaje se profundizó en mi vida. En noviembre de ese año, mi maestra, quien guiaba nuestras sesiones de UCDM en línea desde México, me pidió que la reemplazara durante su retiro espiritual. Sentí miedo, dudé, pensé que no estaba lista. Pero algo más profundo en mí dijo “sí”. Y ese “sí” marcó el inicio de un nuevo despertar.
Con el paso de las semanas, aprendí a silenciar la voz del ego y escuchar la guía de la mente espíritu. Fui descubriendo que enseñar también es aprender, y que cada encuentro con los estudiantes del grupo —personas de toda Latinoamérica, distintas edades y caminos— era una oportunidad de reconocerme en ellos. El Curso enseña que “dar y recibir son lo mismo”, y esa verdad se revelaba con cada conversación, con cada instante compartido.
Aquel periodo fue intenso y revelador. Sentí cómo las sombras mentales que antes me detenían comenzaron a desvanecerse. La práctica constante del perdón fue limpiando mi mirada hasta permitirme ver la inocencia y la unión detrás de toda apariencia de conflicto. Comprendí que el verdadero milagro no consiste en cambiar las circunstancias externas, sino en cambiar la forma de percibirlas.
Hoy, mirando hacia atrás, sé que Un Curso de Milagros ha sido mi mayor regalo. Me enseñó que la paz no se busca afuera, sino que se recuerda dentro. Que cada encuentro puede ser santo si elegimos ver con los ojos del amor. Y que el perdón es el puente que nos devuelve a casa, al reconocimiento de lo que siempre fuimos: un solo Ser en perfecta Paz.
