El Amarre

Un músico con el corazón roto y un lumbago insoportable conoce a Doña Renata, una vendedora de completos que también lee el aura.
El Amarre

I

Poco después del ataque a las torres gemelas del 11-S, entre octubre y noviembre de aquel aciago año 2001, estuve cerca de tres semanas con un incómodo y detestable padecimiento, el cual era provocado por un lumbago que hizo casi imposible la que, por entonces era una nocturna y bohemia vida de músico.

El acarreo en micro de amplificadores e instrumentos musicales además de unos bonitos, pero nada anatómicos zapatos de suela hicieron que mi nervio ciático sufriera un proceso de inflamación tan brutal y repentino, que cualquier actividad por básica que fuera, significara un dolor punzante e imposible de ignorar.

Aquel tiempo fue ruidoso y extraño. 

Las aventuras vividas con un entrañable grupo de amigos, lograron hacer de tiempo un período relativamente soportable en medio de varios sucesos personales poco afortunados, entre los cuales se encontraban mi crónica cesantía formal de hacía un par de años y una especie de maldición, la cual me acompañó por varios meses de manera acechante.

Hacía un tiempo ya que una antigua relación amorosa había terminado de manera no precisamente amigable. Aquella ruptura fue uno de esos episodios de la vida, donde no sabes si es verdad lo que te ocurre, o lo que te pasa es parte de una película que alguna vez viste, y que ahora vives de manera real. El caso es que, a pesar de todo el dolor sufrido y sólidamente superado, y además de haber pasado un tiempo razonable desde aquella separación, no era posible para mí, poder entablar ningún tipo de interacción con otra mujer…(ningún tipo de interacción).

De hecho, aquel entrañable grupo de amigos nombrado anteriormente comenzó a decirme “el zapato de muerto”…nunca entendí bien el porqué.

II

La vieja Renata era una señora que vendía completos muy cerca donde yo vivía. Era una mujer humilde y afable, pero a la vez hermética y misteriosa. En el barrio, se decía de ella que practicaba todo tipo de mancias ocultas, que era componedora de huesos y que además adivinaba el futuro. 

Como hasta ese momento no me llamaban la atención las proezas esotéricas de nadie, no analicé los supuestos dones de Doña Renata, y con un hambre feroz me dirigí aquella tarde, con mi ya insoportable lumbago a comprar un completo palta mayo, y así poder para pasar una primaveral tarde de cesantía en alguna banca del lugar. 

Cuando entré al local, Doña Renata miró fijamente a mis ojos y dijo que quizá fuera más prudente comer un completo después de arreglar todo lo malo que mi aura mostraba. Una sensación de escalofrío recorrió por completo mi espalda. Ante esto sólo pude decir:

— Renatita, no entiendo nada de lo que dices—

— ¿Te duele la espalda verdad ?, continúo la inquietante dueña de fritanguería —

— Mucho, desde hace semanas, confesé —

— Mira cabro huevón, tu entraste con una muy mala energía a mi local y eso no me sirve para nada, así que haces lo que te digo o no vuelves a entrar ni a comer completos acá ­—, rugió la patrona.

Ante mi sorpresa, la señora cerró el local conmigo dentro, y fue a buscar una serie de cosas impensadas e inverosímiles, entre las cuales estaban: 

a)    Un viejo recipiente de loza esmaltada.

b)   Papel de diario.

c)    Limones cortados en cuartos.

d)   Velas

e)   Fósforos

­— A parte de tu espalda, que cosa rara te ha pasado últimamente ­— inquirió la mujer que hacía 10 minutos preparaba comida rápida de población y que ahora articulaba rezos plegarias en una especie de ritual chamánico. Procedí a explicar el tema del zapato de muerto.

Doña Renata, me miró nuevamente a los ojos, pero esta vez riéndose. No entendí el porqué.

III

— Siéntate en esa silla y mete los pies sin zapatos ni calcetines en la palangana— ordenó la mujer. 

En retrospectiva, debo confesar que en ese momento me sentí como un Constantine cuma queriendo entrar al inframundo.

Luego de unos minutos entre humos de palo santo y extraños rezos, se me ordenó salir del recipiente metálico. Luego de esto la hechicera tiró papel de diario enrollado dentro y comenzó a quemarlo delante de mí.

Pasado unos minutos, y cuando el fuego ya se había extinguido, me miró fijamente y me indicó que le dijera que es lo que veía en el papel carbonizado.

— Papel quemado — respondí.

— Ojos para ver, oídos para oír — exclamó ella de manera enérgica, pero silenciosa.

— Tu herramienta está doblada, tomada y neutralizada, por eso no puedes conocer a mujer alguna, te han hecho un amarre terrible. — sentenció.

Mi quijada cayó al suelo y rebotó tres veces antes de hilvanar palabra alguna.

— Sé que no me crees ­— murmuró ella

— Pero acuérdate de mí, este amarre de mal amor, ha sido desatado desde este instante, ya verás que es verdad. —

— No sé qué decir Renatita, en realidad….­—

— Cállate cabro weon y si quieres agradecer, cuando te des cuenta del favor concedido, ven y cómprame por lo menos 10 completos. 

IV

Salí del local de comida rápida, con una extrañísima sensación y pensando en todo lo vivido durante los 20 minutos que duró aquel extraño ritual esotérico, mientras caminaba ya sin dolor de lumbago y con un completo palta mayo a medio comer.

Todo esto hubiera sido sólo una anécdota bizarra y quizá chistosa, pero resulta que un par de días después, recordé de sobresalto todo lo ocurrido con Doña Renata, la señora de los completos místicos, mientras veía un hermoso amanecer desde el ventanal de una desconocida habitación del Cerro Placeres, en Valparaíso.

El agradecimiento fueron los 10 completos comprometido más 02 porciones de papas.

Total
0
Shares
Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Related Posts